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Poniatowska, la cuarta mujer en recibir el Premio Cervantes


Cristina Martín Franchy – Madrid 25/04/2014

Elena Poniatowska, nacida en Francia y acogida en México, recogió este 23 de Abril el Premio Cervantes. Vestida con un traje indígena rojo y amarillo, conmemoró la trayectoria literaria mexicana y latina, recordando también a los exiliados republicanos españoles y el sufrimiento y templanza de su pueblo.

La escritora, que ha elevado el periodismo a la categoría de arte, humilde y con una sensibilidad apabullante, subió al púlpito en Alcalá de Henares rodeada por el ReyMariano Rajoy, el Ministro de Educación y Cultura, Jose Ignacio Wert y el resto de autoridades pertinentes en un acto de tal relevancia como es la entrega del Premio Cervantes. Frente a todo el despliegue de formalidades y pretenciosos trajes de chaqueta y corbata, Poniatowska entabló su discurso alrededor del semblante latinoamericano frente a la pobreza, semblante que las potencias mundiales deberían tener: “Todos somos venidos a menos y en ello está nuestra fuerza.”

Comenzó el discurso conmemorando a Gabriel García Márquez, de quien dijo dio alas a América Latina e “hizo que al pueblo le crecieran flores sobre la cabeza”. Y es que, como Gabo, la misma Elena, y también Octavio Paz, Frida Kahlo y Diego Rivera, Mercedes Sosa… han salvado a una sociedad indígena olvidada a través del arte en diversas formas, teniendo siempre presente que la esencia real de cualquier artista se encuentra en la propia humanidad, en la humildad del ser. Humildad y lucha que llevaron a escritores como Álvaro Mutis al encarcelamiento político. Poniatowska comentó, en el punto álgido de su discurso, que hubo una época en la que se enamoró platónicamente de Luis Buñuel, uno de los tantos exiliados republicanos, con quien iba a visitar a Mutis. “La cárcel nos acercó a una realidad compartida: la de la vida y la muerte tras los barrotes”, reconoce la escritora, tildando esta experiencia como una de las más reveladoras de su vida.

Recordó también a las tres mujeres anteriores a ella que han recibido este premio: María Zambrano,  Ana María Matute y Dulce María Loynaz. Mujeres que han sobrepasado la época de sombra literaria en la que se mecía el eterno femenino. Zambrano, con su razón-poética y su reconciliación entre filosofía y poesía, cuyo conflicto había establecido Platón; Matute, con su burguesía a la espalda y el redescubrimiento de la naturaleza y la pobreza, así como con su capacidad para sobrevivir al desarraigo que le producía la frialdad de la sociedad en la que nació; y Loynaz, con la dulce mirada de una niña poeta que desde los diecisiete años probó el sabor de crear su propia literatura en una Habana todavía sin descuartizar.

Estas tres grandes mujeres fueron las antecesoras de Poniatowska, de las cuales ninguna subió a la palestra. Cuatro conocedoras del sufrimiento que produce la guerra, el exilio, los viajes constantes y la inestabilidad de la vida a la que se enfrentaron y de la que consiguieron extraer toda la poesía posible para crear genialidades que transcenderán en el tiempo.

Y es que Poniatowska vivió en los trenes desde niña, con su familia, habitante de las vías, hasta encontrar un refugio en el país azteca: “fuimos niñas francesas con apellido polaco, y llegamos a la inmensa vida de México, al pueblo del sol. Nos envuelve, entre otras encantaciones, la ilusión de convertir fondas en castillos con rejas doradas”. Siempre crítica con la intención de superioridad de países occidentales como Francia o Estados Unidos, compara el afán de razón de las potencias mundiales frente a la humildad producida por la pobreza de un pueblo que la recibió siendo esclavo del hombre blanco. País del que aprendió a valorar la vida, a mirar, a “sentir a Dios debajo de cada piedra”; ese que le enseñó que en este mundo no somos nada y que no es mayor el águila conquistadora con la fuerza y el ruido de cañones que un pueblo que vive bajo el sol y alza su cabeza con la convicción de quien solo quiere seguir viviendo. “Fui del castellano colonizador al mundo maravilloso que conquistaron, antes de que Estados Unidos quisiera tragarse a todo el continente, la resistencia indígena alzó escudos de oro y plumas de Quetzal”.

El sabor de la antigua lucha latinoamericana que, junto con los exiliados de todo el mundo, construyeron una generación de artistas que también fueron activistas éticos, vio este último Día del Libro un pequeño triunfo más para añadir a la lista. Y es que después de los ‘Cien Años de Soledad’ que el mundo entero llegó a conocer, después del relato de «los otros lados» de Cortázar o del «Schindler mexicano», Gilberto Bosques, que salvó a mexicanos, españoles y franceses del horror nazi, la sociedad latinoamericana puede sentirse orgullosa. Orgullo por conseguir una sociedad pasional, como lo es Elena. Una sociedad humilde y rebelde que tiene mucho que enseñar a los dueños del resto del mundo, sociedad que nace, muere y vive en la tierra.

El agradecimiento final de Poniatowska en su discurso, el primero recitado por una mujer en el púlpito de la Alcalá de Henares, es quizás la parte más representativa del alegato. Como lectora, agradezco que con tanta delicadeza haya podido unir a Don Quijote y Sancho con el futuro de los jóvenes escritores. Un futuro que suele pintarse oscuro y que ella ha conseguido llenar de luz y «mariposas amarillas», como diría Gabo.

 

“Nada más importante en mi vida profesional que este premio que el jurado del Cervantes le concede a esta Sancho Panza femenina que no es Teresa Panza, ni Dulcinea del Toboso. Esta que ya no puede hablar de molinos porque no los hay y, en cambio, lo hace de los andariegos comunes y corrientes que cargan su pico y su pala y duermen a la buenaventura y confían en una cronista impulsiva que retiene lo que le cuentan.

Niños, ancianos, dolientes, presos y estudiantes caminan al lado de esta reportera que busca, como lo pedía María Zambrano, ir mas allá de la propia vida, estar en las otras vidas.

El poder financiero manda no solo en México, si no en el mundo. Los que lo resisten montados en rocinantes acompañados de Sancho Panza son cada vez menos. Y a mí me enorgullece caminar al lado de los ilusos, los destartalados y los escandalosos.

Frida Khalo dijo alguna vez: “espero alegre la salida y espero no volver jamás”. A diferencia de ella espero volver, volver, volver y ese es el sentido que he querido darle a mis 82 años. Pretendo subir al cielo y regresar con Cervantes de la mano para ayudarlo a repartir premios a los jóvenes, que, como yo, hoy 23 de abril de 2014, lleguen a Alcalá de Henares con la boca llena de ilusiones”.

Autor de la fotografía: Gianlucca Battista

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