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Hace falta política con mayúsculas


Samuel Díaz – Zaragoza 24/10/2014

La imposibilidad de convocar una consulta con todas las garantías de la ley, ha obligado al presidente de la Generalitat, Artur Mas, a anunciar que la votación del próximo 9 de noviembre tendrá un carácter simbólico, algo que tampoco convence al Gobierno y estudia recurrirlo ante los tribunales. Se trata de la enésima intentona del líder de CIU para no perder el pulso que desde hace dos años pretende ganar al presidente Rajoy, que continúa caracterizándose por su inmovilismo e impasibilidad.

La renuncia a realizar una consulta en los términos que se había fijado con anterioridad ha hecho saltar por los aires el pacto soberanista, las críticas del líder de ERC y del resto de formaciones pro consulta, han reflejado la absoluta soledad a la que Mas se va a tener que enfrentar en los próximos días. El temor a perder la batalla soberanista y por lo tanto sufrir un varapalo en las urnas, dada la efervescencia con la que está viviendo la ciudadanía la cuestión catalana, da por segura la celebración de la consulta.

El pasado martes en rueda de prensa el presidente de los catalanes ya desgranó algunos de los puntos de tal acontecimiento, pues esperan contar con 20.000 voluntarios, 3.000 funcionarios que a su vez ejerzan labores de voluntariado y podrán votar los mayores de dieciséis años, entre otras medidas. La cerrazón del Ejecutivo y su escaso espíritu negociador ha originado una alarmante situación difícil de solventar. La incapacidad de consensuar con buena parte del arco parlamentario una reforma constitucional para que se puedan llevar a cabo con naturalidad consultas como la prevista para el próximo día 9 o incluso la posibilidad de llegar a una tercera vía, como propone el PSOE, no tendría los ánimos tan caldeados en la sociedad catalana.

Craso error han cometido durante mucho tiempo los de Rajoy amenazando y limitándose a recurrir en todo momento a la justicia, que por imprescindible que sea, no puede ejercer funciones que pertenecen a la política. Dirigentes con mayúsculas son aquellos que ofrecen soluciones que convenzan a una mayoría de ciudadanos y se atreven a coger el toro por los cuernos desde un primer momento, no quienes utilizan el cumplimiento de la legalidad vigente para replegarse.

Desastrosa ha sido también la gestión de la ministra de Sanidad, Ana Mato, así como del resto del Consejo de Ministros y del gobierno madrileño a la hora de enfrentarse a la crisis desatada por el brote de ébola en España. Casi dos semanas han transcurrido ya desde que se descubriese el primer caso de esta enfermedad en Europa, la víctima, una auxiliar de enfermería del hospital Carlos III, de Madrid permanece ingresada en estado grave. Recordemos que fue una de las trabajadoras que atendió a los dos misioneros repatriados durante este verano, cuyas consecuencias han sido terribles como temíamos algunos. Al elevado coste del tratamiento y del avión medicalizado hemos de sumar el riesgo de contagio que sufrimos desde hace varios meses.

Para colmo las explicaciones de la titular de Sanidad brillan por su ausencia y las del consejero de sanidad de la Comunidad de Madrid, culpando a la enferma de lo ocurrido, son francamente intolerables. De nuevo el Partido Popular demuestra su inoperancia, nos retrotraen a la época del chapapote, en la que para Rajoy tan solo eran unos hilillos de plastilina, a las mentiras a raíz del 11-M, del YAK-42 o a la epidemia de las vacas locas, que Celia Villalobos aconsejaba solventarla echando en el caldo hueso de cerdo a partir de entonces. La oposición en bloque ha condenado la actitud irresponsable de los populares y desde luego los socialistas han exigido la dimisión de la titular de sanidad, salpicada además por la trama Gürtel desde hace tiempo.

Han pasado dos semanas y todavía desconocemos que ha fallado realmente de los protocolos supuestamente exigidos por Sanidad, tampoco ha habido dimisiones de ningún tipo, ni simples disculpas desde La Moncloa, tan solo hemos visto mentiras, ocultamiento y un caos inadmisible en un asunto de esta índole.

Afortunadamente la justicia continúa su curso y esta semana ha comenzado a condenar a los consejeros de Caja Madrid que durante varios años se dedicaron a usar tarjetas opacas provenientes de la entidad para gastos personales. El escándalo descomunal ha sentado como un jarro de agua fría a una ciudadanía exasperada por los desmanes de algunos de sus políticos y, sobre todo, por la sensación de impunidad, que ahora sí, parece llegar a su fin. Desde el Partido Socialista no ha temblado el pulso, se ha expulsado a todos los usuarios de las tarjetas, de esta forma intentan recuperar poquito a poco la credibilidad de la calle.

Sin embargo, los de Génova 13, pese a estar más preocupados que nunca ante una perdida vertiginosa de votos, no tienen un electorado tan crítico y escrupuloso como los de la izquierda y por ello no se ven obligados a despachar al ex ministro de Economía, Rodrigo Rato, de su formación. No olvidemos que para los señores de la derecha siempre ha habido clases y Rato es una figura que podría tambalear los cimientos del PP. La investigación continúa, pero de momento la justicia ha impuesto una fianza de tres millones de euros a Rato y de dieciséis millones al ex presidente de la Caja, Miguel Blesa.

Dadas las circunstancias, el desasosiego es cada vez mayor, las tasas de pobreza siguen elevándose, fruto del resquebrajamiento del estado del bienestar y la supresión de empleos de calidad, todos aquellos derechos y libertades asentadas en la etapa gobernada por Felipe González se están yendo a diario sin apenas darnos cuenta. Precisamente en las últimas jornadas el PSOE conmemora el cuadragésimo aniversario del Congreso de Suresnes, donde el Clan de la Tortilla, conformado por Felipe González, Alfonso Guerra o Manuel Chaves, entre otros, tomaron el relevo a Rodolfo Llopis y a todo lo que sonase a posguerra para transformar de arriba abajo un partido que aspiraba a ser la referencia de la clase trabajadora de las próximas décadas, un partido con los rasgos de las socialdemocracias europeas, un partido de mayorías.

El homenaje llevado a cabo esta semana ha de servir para que los de Pedro Sánchez tomen apunte y adapten el partido a la realidad del siglo XXI. Ahora más que nunca, precisamos de una alternativa al neoliberalismo de la derecha, a los tintes autoritarios del Partido Popular, alguien que devuelva la esperanza en la política de izquierdas y en los políticos. Sin duda, ese cambio, esa regeneración, de la que tanto se habla en la actualidad, ha de encabezarla el PSOE. Si siguen deambulando con propuestas pobres, que solo buscan el titular, pero que no tienen profundidad alguna, corren el peligro de caer en la irrelevancia la izquierda seguirá refugiándose en populismos, que además empiezan a fragmentarse internamente, habiendo acabado de nacer.

En definitiva, necesitamos política de altura, sobre todo desde una izquierda cuya orfandad ideológica puede llevarle a cometer errores que nos condenen a la inestabilidad o a gobiernos conservadores, per secula seculorum.

Artículo extraído de www.publiscopia.com

 




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