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La muerte: ¿Destino o elección?


Brittany Maynard en un reciente video, cuando consideraba posponer su suicidio. Foto: Captura de YouTube

Ainara Guerra Fernández – Madrid 07/11/14

Brittany Maynard murió el primer sábado de noviembre al ingerir voluntariamente una dosis letal de barbitúricos en su casa de Portland en Oregón. Su elección, determinada por la dolorosa enfermedad que padecía, reabre en este país el debate acerca del derecho de poder decidir sobre la propia muerte.

La joven de 29 años, recién casada y graduada, conoció un año antes de su muerte que lo que parecían simples dolores de cabeza, resultó ser un cáncer cerebral terminal. Es entonces cuando se mudó a Oregón, Estado americano que sí permite el suicidio asistido, y tras un año cumpliendo todos sus sueños, el último de ellos fue poder morir en su cama rodeada de los suyos, y no terminar con este episodio cuando y como la enfermedad quisiese.

Mientras la noticia de este nuevo suicidio asistido conmocionaba a Estados Unidos, en este mismo país Lauren Hill cumplía su sueño de poder jugar en la liga NCAA de baloncesto. La joven encestó la que puede ser su última canasta, ya que al igual que Brittany, se enfrenta a un cáncer terminal que acorta su vida a escasas semanas. Sin embargo, ella tomó el camino de la resistencia, y quiere disfrutar hasta el último minuto, habiendo recorrido Estados Unidos desde las cataratas del Niágara hasta Hawái, pasando por el Gran Cañón, y habiendo recaudado hasta ahora 25.000 dólares para la lucha contra tumores. Mientras esto sucedía, Brittany centró todos sus esfuerzos como activista de Compassion and choices para luchar por la causa de una muerte digna y el poder elegir cuándo quiere uno que la muerte ocurra.

Estados Unidos y el suicidio asistido

Ambas posturas de cómo afrontar la dolorosa lucha contra una enfermedad terminal ejemplifican la división en Estados Unidos, motivada por la legalidad del suicidio asistido. Esta práctica se permite solamente en tres Estados americanos: Oregón, Montana y Washington. Allí, quienes padecen una enfermedad en estado terminal y cuya esperanza de vida se reduce a no más de seis meses, pueden pedir que un especialista sanitario les suministre un medicamento letal que ellos se tomarán voluntariamente. Solo en Oregón, desde que entrase en vigor la Ley de Muerte digna en 1997, alrededor de 1200 personas han recibido medicamentos para la “ayuda a morir” y 750 finalmente los ingirieron; entre ellos, Brittany. Casos como este mantienen el debate en Estados Unidos acerca de si la muerte es meramente el destino de todos o si se puede convertir en un derecho el poder elegir sobre ella.

La posibilidad de practicar la “buena muerte”

El debate es extrapolable a todo el mundo e incluso adquiere un nuevo estado, el de la “buena muerte”, significado etimológico de la eutanasia. Solo tres países permiten esta práctica: Holanda, Bélgica y Luxemburgo. En estos estados europeos es legal que un experto sanitario induzca la muerte a otra persona intencionadamente para evitar que sufra por una enfermedad incurable.

Sin embargo, lo más común en Europa son las medias tintas. Varios países entre los que se encuentran Noruega, Austria o la propia España, prohíben la eutanasia y el suicidio asistido, pero permiten a pacientes que se enfrentan a enfermedades terminales el poder decidir no tomar medicamentos, aunque ello le conduzca a la muerte. Este tipo de medidas ayuda a los países a no situarse en ninguno de los extremos del debate que divide a la sociedad internacional. No obstante, el precio a pagar es muy alto, ya que los pacientes acortan su vida, pero sin erradicar su dolor durante el proceso.

¿Muerte digna es elegir cuando ésta va a suceder o esperar inconscientemente a que suceda? ¿Le ganas la batalla a una enfermedad cuando le plantas cara o cuando te rindes ante ella? ¿Merece esperar la muerte para continuar la dolorosa lucha a favor de la esperanza? Posicionarse ante estas cuestiones no es posible si no se vive de primera mano una enfermedad terminal. Existen diferentes posturas a estas preguntas, como las de Brittany Maynard o Lauren Hill. Ambas deberían ser aceptadas ya que si se prohíbe una de ellas, la persona en cuestión buscará otras formas de cumplir su elección, ya sea por la vía legal, trasladándose a países que apoyan la “ayuda a morir”; o por lo contrario, buscando otros caminos y sumándose a los alrededor de 800.000 personas que se quitaron la vida en 2014, según la OMS. El gran problema se encuentra en los medios, ya que las personas conseguirán siempre el fin último, aunque sea superando prohibiciones.

Fuente de la imagen: Youtube




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