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CRÍTICA ‘Magia a la luz de la luna’: Estética y estática


Belén de Luque G. – Madrid 19/12/2014

Nada más comenzar la proyección y apreciarse los títulos de crédito iniciales de tipografía Windsor y esa característica canción de jazz, identificamos rápidamente el estilo de Woody Allen. El resto de la historia también se hace reconocer sólo que esta vez los 97 minutos de film no simpatizan con el Allen enrevesado, hilarante y fantasioso.

En su último film el director narra la historia de Stanley Crawford (Colin Firth), un ilusionista que bajo el pseudónimo de Wei Ling Soo fascina a los espectadores con un gran arsenal de trucos. Tras una de sus funciones, es visitado por su antiguo amigo Howard (Simon McBurney), quien le propone desenmascarar a una médium que parece basarse en trampas para estafar a personas que buscan una conexión con el más allá. Stanley, que desprecia a los falsos videntes, no rechaza la misión. Ambos se trasladan a la Costa Azul Francesa y allí se encuentran con la presunta timadora, Sophie Baker (Emma Stone).

De ‘Magia a la luz de la luna’ se destacan dos cosas; la primera es la belleza. El marco de los años 20 en el que se desarrolla la acción aporta vestuarios atractivos, una escenografía potente y unos parajes dignos de envidiar. Otra peculiaridad a despuntar es el arte que Allen demuestra tener para hacer escenas que parecen de teatro. Dejando de lado la parte del viaje en carretera y unas pocas más, la obra cuenta con escenarios que normalmente aburrirían por su estatismo, sin embargo son breves y se apoyan de actuaciones entretenidas.

En lo que a interpretaciones se refiere, hay que resaltar la química entre los personajes de Colin Firth y Emma Stone, que pese a la incompatibilidad de edad e ideología se complementan

Stanley es una figura cínica, arisca y escéptica y por el contrario Sophie es esotérica y confía en algo más que en la lógica. Ella hace que el ilusionista se plantee sus principios y se adentre en una espiral de sincretismo entre ciencia y fe; él empieza dudando de Sophie pero acaba dudando de sí mismo.

El director ha abandonado en esta película los rodeos, no divaga en cuanto a la trama y apuesta por una historia sencilla pero elegante. El guión le añade clase al film y la música aún más, formándose así una comedia liviana y distinguida que a algunos gustará y a otros no les dirá nada.

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