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“Lo que es mío es tuyo”: la era de la economía colaborativa


Luis Alejandro Pérez – Madrid – 16/01/2015

Se avecina un cambio de era que podría alcanzar las magnitudes de la revolución de las redes sociales: se trata de la economía colaborativa, un modelo económico subversivo, cuya máxima se resume en “lo que es mío es tuyo, a cambio de una pequeña contraprestación”.

La economía basada en la propiedad privada pierde gradualmente su vigor. La red ha sido la encargada de desgastar el sistema económico tradicional, a través de la masificación de intercambios de bienes y servicios entre particulares. Podríamos decir que con este nuevo arquetipo, prima el uso y no la propiedad. Si aún estáis perdidos, aquí va un ejemplo con el que entenderlo a la perfección : BlaBlaCar. Este innovador servicio, que conecta conductores que poseen plazas disponibles con pasajeros que desean realizar el mismo trayecto, ejemplifica sin lugar a dudas el modelo colaborativo en el que se comparten los gastos. Tú me llevas y yo te pago.

Este tipo de economía se nutre de mecanismos de reputación, que otorgan mayor información al usuario que va a acceder al bien o servicio, es decir, sabremos, siguiendo el ejemplo anterior, si nuestro conductor es puntual o responsable a través de las opiniones de los demás. “La reputación es la nueva moneda” según Rachel Botsman, experta en este ámbito.

Sin embargo, el consumo colaborativo no solo se reduce a un único campo de actividad. Encontramos diversos y además curiosos ámbitos donde la condición es que exista un intercambio no profesional y particular. Destacan, entre otros, Couchsurfing, que consiste en compartir el sofá de nuestra casa con un desconocido, Crowdfunding, un sistema de financiación colectiva, TaskRabbit, en el que un individuo lleva a cabo casi cualquier tarea que el usuario necesite (llevar el coche al mecánico, recoger un paquete…) o Airbnb, en el que podemos alojarnos en una habitación que le sobre a algún particular en su casa

Las cifras hablan por sí mismas

Este negocio mundial está valorado en 21.000 millones de euros. Los inversores han encontrado también su piedra angular en esta activad comercial. Por un lado, BlaBlacar consiguió el año pasado la sorprendente cantidad de 100 millones de dólares en su última ronda de inversión. Por otro lado, Airbnb, fundada en 2008, ya ha conseguido una valoración que supera los 10.000 millones de dólares. Según la revista Forbes, los particulares que participan en estas actividades se embolsan casi 2600 millones de euros. Por ejemplo, Sabrina Hernández, estudiante universitaria que reside en Estados Unidos, gana 1200 euros al mes por cuidar perros en su casa a través de la web DogVacay.

Carlos Blanco, un conocido emprendedor español, cree que esta forma de consumir es “una consecuencia de la digitalización, pero también una réplica frente a los abusos en los precios, el mal servicio y la pésima regulación”. Podemos entender este tipo de economía como una respuesta a la ineficiencia , y aquí, las cifras hablan por sí mismas: el 40% de los alimentos del planeta se desperdicia, los coches particulares pasan el 95 % del tiempo parados y un motorista inglés malgasta 2.549 horas de su vida buscando aparcamiento.

Además, por nuestra parte, los españoles hemos asimilado adecuadamente este sector: el 53% estaría dispuesto a compartir o alquilar bienes en este contexto.

El modelo tradicional es reacio al cambio

La competencia se ha disparado con la aparición de estos novedosos sistemas. Los operadores tradicionales se muestran brutalmente reacios, pues el consumo colaborativo resta cuota de mercado a sus negocios. El caso de Uber, plataforma que permite ofrecer un coche particular como alternativa al taxi, es uno de los más notorios respecto a la conflictividad que nace de la nueva tendencia. Los taxistas se han manifestado al respecto, llegando a originar la prohibición de las actuaciones empresariales en algunos países. Airbnb, a su vez, se ha visto amenazada por el lobby hotelero, que pretende aplicar a los particulares la normativa hotelera, ya obsoleta.

No obstante, no todas las empresas maduras han reaccionado agriamente. Algunos se han sumado a la moda, como es el caso de BMW, que invirtió en Parkatmyhouse, un servicio colaborativo de aparcamiento.

Las inversiones en start-ups más sustanciosas del pasado año demuestran que la mayor parte de ellas estuvieron destinadas a servicios colaborativos.

Todo juego necesita una regla

Lo único que falta por concretar en el nuevo modelo es su regulación. En España se ha creado la asociación ‘Sharing España’, cuya pretensión es reunir a las empresas de estas características que operan en nuestro país. El marco legal es escaso y además no está hecho de acuerdo con el global. Algunos apuntan a que la regulación es innecesaria, debido a que podría ser desproporcionada y podría en consecuencia perjudicar a los consumidores y al interés general. De crearse una respuesta regulatoria nunca sería de acuerdo al interés de grupos operadores económicos. La tributación, en todo caso, debe ser proporcional al ingreso obtenido para no desvirtuar el modelo.

La unión hace la fuerza, eso es innegable. La necesidad de encontrar trabajo ha hecho que se dispare la creatividad, el ingenio y por consiguiente la innovación. Nunca sin la ayuda del soporte digital, claro , que en las últimas décadas ha cambiado el rumbo de nuestro devenir. Pero, aunque la economía colaborativa suponga nutrir la economía sumergida (mientras no haya regulación), estamos ante un indicio de que el ser humano está intentando converger, trabajar en equipo y reorganizar el mapa. No somos un lobo para el hombre, no del todo; y da gusto saberlo.

 




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