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Wall Street: la fábula del toro suicida


Wall Street Charging Bull

Luis Alejandro Pérez – Las Palmas 05/06/2015

Los trabajadores de Wall Street se enfrentan a una oleada de suicidios y adicciones. Durante los últimos años, el estrés, amigo incondicional de los brokers y analistas, ha atizado más fuerte que nunca a estos toros indomables. Como siempre, las drogas y el alcohol son la única vía para mantener el rendimiento a niveles óptimos. La estremecedora métrica de nuestro sistema económico empieza a cobrar sus facturas en Occidente.

El toro de la Calle del Muro ha simbolizado siempre el optimismo, la prosperidad y la agresividad financiera. Pero, ¿hasta qué punto son fructuosas estas condiciones?, ¿hay un límite?. La respuesta no va a ser el objeto de este reportaje, aunque sí sus consecuencias.

Las desorbitadas sumas que reciben los empleados de este sector tienen su justificación en la altísima presión a la que estos son sometidos. Y esta justificación, a su vez, se vislumbra en los datos estadísticos: un trabajador de Wall Street es 1,5 veces más propenso al suicido que el individuo medio –algo desconcertante, sí-. Sin embargo, no todos los trabajadores están preparados para afrontar más de 100 horas laborales por semana –incluyendo, por si cabía alguna duda, noches consecutivas sin pegar ojo-. Los ejecutivos de Wall Street suelen preguntarse cosas como -¿tendré el tiempo suficiente para dejar un momento la oficina e ir a tener una cita con el psicólogo?- ; y después, cuando descubren que no pueden ajustar sus horarios, pasa lo peor. El pasado mes de abril, Sarvsheshth Gupta, un analista de Goldman Sachs de 22 años, se tiró desde lo alto de un edificio. En 2013, Moritz Erhardt, un becario de Bank of American Merrill Lynch murió tras trabajar 72 horas consecutivas. A partir de sucesos como estos, se impuso algún que otro cambio de políticas, como fue el caso de los sábados libres o el de un fin de semana sagrado. No obstante, esto fue insuficiente. Solo entre 2013 y 2014 se registraron una docena de suicidios en el pequeño periodo de ocho meses. La mayoría de ellos se arrojaron al vacío desde las cimas de altos edificios. Según la American Association of Suicidology, los suicidios son contagiosos, sobre todo cuando aparecen en medios sensacionalistas como una forma de material atractivo para el público objetivo. Debido a este fenómeno de imitación, la mayoría de estos sucesos no son publicados en la mayoría de países.

Sin lugar a dudas, la crisis económica de 2008 y la posterior recesión han exacerbado el problema. La ansiedad se filtra por todo el organigrama empresarial y llega a alcanzar incluso los puestos más altos. Los psicólogos hablan de cómo el individuo comienza a padecer insomnio, ansiedad y depresión. Normalmente, cuando estos empiezan a trabajar son mucho más extrovertidos y sociables que cuando se ven inmersos de lleno en sus labores. Las oficinas abducen a sus ocupantes, los atrapan.

La redención solo puede hallarse en los narcóticos

Aguantar tales ritmos insanos no es para nada una tarea fácil. La única manera de redimir el agobio y el dolor se encuentra en sustancias psicotrópicas. Entre las drogas más destacadas se encuentra el Adderall, un medicamento compuesto de anfetaminas. Con ello se busca mantener este ritmo desorbitado de trabajo y superar los límites naturales. Los fármacos son utilizados también para mejorar el rendimiento cognitivo, la memoria y la capacidad de atención. Muchas de estas sustancias son legales. Su venta se está generalizando en las farmacias y promete convertirse en un negocio lucrativo de futuro.

El ritmo escalofriante de la Economía-Mundo

Todos estos suicidios solo son el reflejo de algo mucho mayor. Hablamos de nuestro sistema económico, globalizado y mundial. La nuestra es la sociedad del hiperconsumo, del posmodernismo y del hipernarcisismo. El objetivo primordial es nunca dejar de producir para así jamás tener que abandonar la cadena de supervivencia. En esta misma cadena encontramos a uno de los protagonistas: el paro estructural. El alto índice de desempleo solo genera más competitividad, o lo que es lo mismo, más personas repartiéndose los trozos de un pastel que cada vez se hace más pequeño. Tras la globalización, el objetivo de las empresas ha ido mutando. Ahora se busca a toda costa reducir el tiempo de producción, y de ahí radican todos esos elementos que tan bien conocemos – Sistema JIT (Just in Time), las TIC o el Know How, entre otros-.

En este ritmo de vida, en el que el trabajo supone el epicentro de la existencia, la pérdida del empleo no solo causa problemas económicos, sino también de carácter físico y social. En este contexto se puede hablar del término karosi, un concepto japonés que viene a representar la muerte por exceso de trabajo. Es muy común en la sociedad nipona debido a su carácter altamente competitivo, y es un hecho poco común en los países occidentales, pero que, sin duda, acabará convirtiéndose en un enemigo conocido por todos. El homo oeconomicus es el ser que ha nacido de este sistema donde el tiempo es perpetuo, donde el tiempo es el que crea la desigualdad. Se trata de un ser individualista y obstinado, que no duda en damnificar su salud para convertirse en un triunfador, aunque ese ciego objetivo a veces le cueste la vida. Estamos sometidos a un compás asfixiante. Se trata de un juego, en el que todos estamos inmersos. Los ganadores obtienen la supuesta felicidad, pero, ¿acaso esta dicha debe traducirse en consumir y producir?. La realidad es que ya es muy tarde para rectificar, siempre lo ha sido, desde que machacamos nuestros cuerpos por sueños de cartón.

Fuente de la imagen: www.jason24cf.com




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